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Tal día como hoy de DomingoTal día como hoy de Domingo, mas o menos a las 7 de la mañana, iba yo atravesando la desierta Madrid, absorto, complacidamente contento por haber pasado una noche de sana diversión. Me había marcado mis bailes, había tonteado con la población femenina al alcance y había partido mi caja varias veces en multitud de carcajadas a lo largo de la noche. Todavía arrastraba ese pedo residual que queda después de hora y media de la última copa, y satisfecho, caminaba orgulloso de haber contribuido al orden y caos del cosmos con mi desparrame de energía nocturna. Era feliz. Ni siquiera me importaba la tremenda y aniquiladora resaca que me aguardaba debajo de la cama. Tan agraciado e iluminado por los dioses estaba, que rascándome los huevos por dentro del pantalón (discreción ante todo por favor) encontré esa última china que en medio de la jarana todos creímos haber extraviado. “No hay mal que por bien no venga” resonó por las calles de Madrid. Así que, me hice el último canutillo caminando por la Carrera de San Jerónimo, y esto es muy meritorio, pues mi figura andante parecía un esquiador alpino pasando un mal rato en la final de las olimpiadas. Al torcer en Marqués de Cubas tuve por primera vez conciencia del olor de la mañana, fresquita y relajada, y me sentó de vicio. Con mi pachorra, regalando buen rollito por las aceras, iba yo caminando a paso bohemio, sin saber que la muerte me esperaba paciente en la esquina. Absorto, inmerso en mi ya de por sí vasto mundo interior, no pude oír ni los gritos ni alaridos de la gente. No vi las carreras ni derrapes. No me enteré ni del Nodo, ni de nada de lo que pasaba a mi alrededor. Sólo tenía cerebro para las más básicas tareas: los latidos del corazón y el movimiento de las piernas.Lo vi en Redes, y si lo vi en Redes es que es cierto: En una situación de inminente peligro, la percepción de la realidad se ralentiza a lo Matrix, e incluso, el nivel de conciencia llega a ser de una perfecta plenitud, como si uno fuese el jodido Dalai Lama en sesión Yoga Extreme. Odio las corridas de toros y todo lo relacionado con éstas, pero ni el mismísimo hijo de la gran puta de Manolete podría haber hecho un quiebro como el que me inventé y ejecuté sin siquiera pensar. Pude sentir cómo se movieron los pelillos de mi brazo al pasar el monstruo. Como si de un sentido arácnido se tratara, percibí la fuerza y el empuje amenazantes. En esos instantes no piensas, sólo actúas y mi giro a lo Moonwalker sirvió para esquivar a la muerte. Yo no es que viese mi vida pasar en fotogramas, yo es que tenía hasta las palomitas. Lo que siguió a mi artístico pase, fue un inmenso estruendo a lo Jungla de Cristal cuando Bruce Willis monta el cisco. Yo no podía creer lo que estaba pasando. No podía creer que no pudiese mover ni una sola fibra de mi acojonado cuerpo. El conjunto “portón Banco de España-morro Seat Ibiza” hubiera pasado por un Chillida muy inspirado. A mi alrededor se paraban coches, corría la gente, el segurata del Banco hacía de poli de Hollywood en plan no se acerquen y yo seguía aún sin poder mover un puto pelo, hasta que...“¡No hay nadie, en el coche no hay nadie!”, oí que decían los que intentaban separar el amasijo de acero. Todavía no entiendo cómo mi cerebro me llevó a pensar en David Hasselhoff. Alguna vez he pensado en mi muerte, y entre esos pensamientos estaba la muerte accidental por atropellamiento, pero jamás, jamás imaginé un modo más ridículo de morir, porque del acojone absoluto, pasé a la más profunda indignación en cerocoma, por que si bien es una mierda palmarla atropellado, lo es aún mucho más si nadie conduce el puto coche!. Si por lo menos se tratara del Coche Fantástico (lo digo por la muerte glamurosa y todo eso), pero es que... Todavía flipando pude recobrar mis capacidades motrices y comencé a subir Alcalá en dirección el Ministerio de Hacienda, justo a la altura del Starbucks, donde había aparcado ocho horas antes.Encendí de nuevo el porrillo y empecé a sumergirme en mí mismo otra vez. Era como si mi andar tuviera su propia banda sonora. El hambre provocado por la caminata y el canuto tuvo su objetivización real en el letrero del Starbucks. De repente un muffin era lo más ansiado, lo más perseguido, era el ídolo que robó Indiana Jones antes de echar por patas a través de la jungla. Nada podía sacarme de ese estado. En la puerta del local, con medio muffin devorado por las ansias y la otra mitad cayendo de mis fauces, de repente lo vi claro: ¿Había dejado puesto el freno de mano?...joder... |
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